CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      2-2).- SIETE GRANDES BENEFICIOS MASCULINOS:

      El primer componente es el de la función que cumple el trabajo doméstico en la economía capitalista, al realizar múltiples tareas imprescindibles para la producción de la fuerza de trabajo social mediante el nacimiento de trabajador@s y para su reproducción psicosomática y reciclaje tecnológico. Este trabajo es uno de los componentes fundamentales de la producción del trabajo socialmente necesario, pero también en la política de natalidad del Estado y, por no extendernos, en los sistemas de control, integración y desviación de las tensiones sociales, laborales y salariales mediante su desviación y descarga contra las mujeres que absorben esas tensiones, como veremos. Basta un ejemplo, el del trabajo doméstico como esponja que absorbe incluso la cobardía, el miedo y la posibilidad de muchos trabajadores alienados que prefieren que sus mujeres se agoten en casa supliendo con su extenuación lo que podría resolverse con un aumento del salario directo o indirecto, de las prestaciones sociales y con la obtención del "salario doméstico" y otras formas de integración del trabajo doméstico en la ley del valor-trabajo.

      El segundo componente es precisamente el de explotar la fuerza de trabajo de la mujer en la casa, en la fábrica, en cualquier trabajo, como esclava, sierva, doncella, asalariada, hermana, amiga, esposa, madre, tía o abuela. La explotación surge desde el momento en el que el hombre, el que fuera, lograr ahorrar parte de su propia fuerza de trabajo, evitarse sudor y cansancio propios, disponer de más tiempo libre para lo que fuera, etc., que lo que conseguiría sin explotar a esa mujer, la que fuera. Es decir, cuando el hombre aumenta de algún modo su bienestar a costa del aumento del malestar de la mujer. No importa aquí tanto el nivel de consciencia con el que se aplican las alienaciones, engaños, trampas, amenazas, disciplinas, coerciones y violencias necesarias para mantener y ampliar esa explotación, como el hecho de su práctica sostenida durante siglos que ha terminado por legitimarse mediante la religión y la ley, o desaparecer de la evidencia crítica mediante la costumbre o la normalidad.

      El tercer componente es el de la explotación y opresión del cuerpo de la mujer bien como paridora de hij@s bien como objeto sumiso de placer falocéntrico, bien como ambas cosas a la vez. Las prioridades dependen de las necesidades estratégicas del sistema dominante, en nuestro caso del patriarco-burgués, según las tasas de nacimiento y recomposición de la fuerza social de trabajo, de las reservas militares, de la edad de la mujer y de los deseos sexuales de los hombres. No hace falta insistir en el trasfondo esencialmente económico de las políticas de natalidad, pero sí en el trasfondo también económico de la explotación sexual falocéntrica porque, en última instancia, lo que se ventila con ella no es la intercomunicación emancipadora entre las personas sino la recomposición psicosomática y la autoestima del hombre como ser dominante que debe vigilar a diario por la continuidad del sistema patriarcal y su dialéctica interna con el sistema de explotación de clase y nacional.

      El cuarto componente es el de la dominación política, cultural e ideológica de la mujer alienada que actúa como "reserva de conservadurismo" en los períodos de cierta tranquilidad en el orden capitalista pero que se transforma en un ariete reaccionario con gran capacidad de movilización material y simbólica de masas en los momentos críticos en los que la clase dominante necesita detener el ascenso de las luchas emancipadoras. Una fuerza que actúa tanto en la vida personal y familiar cotidianas, vigilando a l@s hij@s según las órdenes patriarco-burguesas, como en la llamada "vida pública". Tampoco hace falta insistir en el decisivo trasfondo económico que bulle dentro de esa reserva, al margen de lo que sobre ello piensen o sientan las mujeres alienadas afectadas. El capital concede tanta importancia a esta dominación que le dedica una inmensa masa de recursos, instituciones, propaganda de todas clases, etc., para mantener viva esa fuerza conservadora en la normalidad y reaccionaria en los momentos de crisis.

      El quinto componente es el de la opresión, explotación y dominación -global, en suma- de la mujer para fortalecerla autoestima psicológica y personal del hombre, que usa a la mujer -novia, esposa, amante, secretaria, madre, etc.- como trofeo de exhibición pública en la competitividad de status social, como ejemplo del patrimonio patriarcal, como escaparate de las virtudes socialmente establecidas y su cumplimiento dentro y fuera de la casa, como muestra de la virilidad conquistadora del macho, como instrumento de cambio u oferta material o simbólica a quien quiera relacionarse con el macho y su propiedad patriarcal, etc. Estamos hablando del proceso global por el que la psicología y mentalidad mercantil del hombre resuelve el complejo de inferioridad hacia la mujer, la utiliza para igualar o superar la tasa media oficial de masculinidad y dominio públicamente refrendado de la mujer propia, y la emplea como decoración o reclamo en la imagen pública de su vida comercial.

      El sexto componente es el de la opresión brutal de la mujer como sumidero, desagüe y alcantarilla de las frustraciones y fracasos personales de los hombres, que no sólo como instrumento de autoestima psicológica. La mujer es el pozo negro que absorbe la porquería ético-moral y personal del hombre como género. Son la violencia material y simbólica, la dependencia económica hacia el dinero del hombre y las presiones del entorno familiar y cotidiano, las que en última instancia permiten que la mujer padezca esa crueldad. La violencia sexista y el acoso sexual en el trabajo son partes de ese componente, pero también los comentarios despectivos, las imágenes comerciales, los chistes y hasta la galantería caballerosa. Aunque muchas veces existe una intercomunicación entre esta opresión brutal y la anteriormente vista, no hay que cometer el error de fusionarlas.

      El séptimo componente es el de la dominación simbólico-referencial de la mujer en cuanto arquetipo al que ofertar todos los tesoros y premios que debe conquistar un hombre con su virilidad agresiva, violenta y militarista. Se trata de la ideología del cazador, guerrero y conquistador que tiene en el arquetipo de la mujer, su madre o su novia, el ideal mistificado al que rendir culto en la batalla y al que debe ofrendar los frutos de sus victorias. En muchos casos ese ideal se transforma en la compulsión de conquistar o seducir a otras mujeres, sobre todo a las de otros machos con poder para humillarlos y feminizarlos simbólicamente al acceder a sus hembras. En otros, en la adoración de diosas, vírgenes y santas que subliman los sentimientos anteriores.


      2-3).- Lo viejo, lo permanente y lo nuevo.

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